Un Encuentro Inesperado
- Senpai yKohai
- 18 may 2021
- 9 Min. de lectura
La noche se embellecía a la luz de una brillante luna otoñal, el viento recorría los techos de las casas, aullando como fantasmas olvidados. La solitaria sombra en el suelo brindaba una inmensa calma al débil corazón del joven Randolph quien con la mirada baja caminaba por las calles del pueblo, siempre de la escuela hacia su casa que quedaba en los lindes del bosque a los pies de una lejana colina en el horizonte. Caminaba por las calles adoquinadas hasta llegar a las afueras del pueblo, y continuaba su travesía por veredas de tierra y por senderos ocultos en el bosque hasta llegar a la ladera de una cordillera montañosa a la que los lugareños coloquialmente llamaban cordillera diamante, Randolph tardaba poco más de cuarenta y cinco minutos para llegar a su casa, pero siempre optaba por caminos más largos y lejanos para tardarse aún más. Sabía lo que le esperaba en casa; una madre enferma, desquiciada, loca como la llamaban las personas del pueblo, lo cierto era que a pesar de la enfermedad, su madre podía cuidar de si misma, era independiente, el único signo de su enfermedad era el hecho de que olvida por completo la existencia de su hijo, y siempre era un martirio cuando Randolph intentaba hacer que lo recordara. Sabía que no repararía en su ausencia, así que decidió alargar aún más su camino, y se encaminó hacia los confines septentrionales del bosque, escuchando los susurros del viento, y el bullicio nocturno de los animales; pequeños rugidos, invisibles aleteos envueltos en un manto de oscuridad opacado a instantes por el brillo oportuno de la luna. Y entre crujidos de ramas y hojas secas, Randolph llegó a los límites del bosque, a la boca oscura de un gran abismo profundo y frío, al que los pueblerinos llamaban el abismo del gran pez.
De frente a la oscuridad, observando la negrura del cielo y de la tierra, concentrado en sus pensamientos y recuerdos, recuerdos de sus aventuras oníricas en las profundidades del mundo de los sueños, recordando que la noche anterior había sentido la extraña presencia y observado una vez más a esa criatura de rasgos humanos y bestiales, amorfo, inmaterial, al que él mismo denominó el remoto, ser que en su imaginación, sueños y pesadillas o una combinación de todo eso, fue el primer ser en aparecer en su memoria, dentro del mundo mágico del sueño, incluso más antiguo que todos los recuerdos junto a su madre. Pero no era el único ser que veía o sentía, pero si el más peligroso, por eso el nombre. O nombres, por que eran más de uno.
Randolph pensaba que las criaturas dignas de miedo y admiración, que aparecían constantemente en sus sueños no eran enteramente obra de su inocente y poca desarrollada imaginación, y los asociaba a recuerdos que antaño habían pertenecido a algún otro portador de sueños fugaces, vívidos, horridos, de naturaleza desconocida y aterradora, quizá para dejar constancia de que el universo y la magnitud de la oscuridad, era apenas una grieta en la pared que sostenía la realidad de la que los humanos dependían. Y que quizá en la posterioridad, Randolph pudiera compartir, aún sin saberlo.
Una grieta en las nubes permitió que la luz de la luna cubriera de plateado el bosque alumbrando la copa de los árboles que crecían a orillas del gran abismo, abismo que avivaba en el frágil corazón de Randolph sensaciones que con tanto anhelo día con día trataba de evitar, pero que en lo profundo de su ser sabia que aquella sensación engullía el miedo más profundo y lo transformaba en placer, un arma de doble filo para la persona que encuentre placer en el horror, y en la fascinación de lo desconocido.
El bosque estaba de luto, los árboles en un silencio sepulcral, el viento silbaba y su melodía resonaba entre las ramas perdiéndose en la lejanía, en ocasiones chispas fugaces aparecían reflejados en lo profundo de la oscuridad, ojos rojos, amarillos y plateados. Pero a Randolph nada de eso lo aterraba tanto como el simple pensamiento de aquel ser onírico, que en sus rasgos conservaba de humanidad tan solo las extremidades cubiertas de escamas y garras filosas y oscuras, el resto de su cuerpo era una amalgama de partes bestiales desconocidos para Randolph, tenía cuencas oculares vacías, y en ellas se veía la noche más oscura jamás vista por humano ordinario, una oscuridad eterna; agujeros sin vida, su voz era lo más aterrador, pues se comunicaba con murmullos que se convertían en susurros que emergían de cualquier dirección, la voz de lo desconocido, la voz de la oscuridad, la voz de los que ya no están. La mirada y las voces provocaban a la perturbada mente de Randolph, aquellos sueños desgarradores y horridos que lo hacían alejarse de la gente, incluso del calor de su madre enferma, y buscaba consuelo y soledad en donde las personas del pueblo hallaban el horror, en el bosque.
De pronto detrás de un pequeño montículo de hierba verde enmarañada entre dos árboles, una extraña sombra se proyectó, Randolph temió que se tratase del remoto, que de alguna manera hubiese encontrado la manera de escapar de su celda onírica, para llevárselo a los reinos oscuros y antiguos de los remotos a un olvido eterno, pero cuando la luna se proyectó en aquel montículo, Randolph vio a la persona menos esperada.
La profesora de su clase se hallaba sentada en una pequeña roca que se apoyaba sobre uno de los árboles en el borde más próximo al abismo. Su vestimenta distaba de lo que Randolph recordaba de su maestra, ya que vestía absolutamente de negro, una blusa negra de mangas largas ornamentada con bordados de estrellas y medias lunas sobre el cual llevaba puesto un corsé de cuero negro, con estampados nórdicos, y una falda larga, negra y con bordados en el ruedo, llevaba el cabello suelto, una cascada negra que bajaba por sus hombros y terminaban sobre sus muslos, y su mirada reflejaba la luz plateada de la luna. Randolph al acercarse observó que la profesora llevaba consigo un libro con inscripciones arcaicas, quizá nórdicas, Randolph intuyo el contenido del libro como tarea para su clase del día siguiente. Con cautela decidió acercarse para saludarla, aunque en su mente la idea le resultaba atrevida e irrespetuosa. Se acerco despacio, mientras escuchaba los latidos de su corazón acelerarse con cada paso que daba.
—Profesora Frigg. —saludó en un tono respetuoso y cauteloso, temió importunar a su profesora—, lamento la interrupción —concluyó.
La profesora giró exaltada y al verlo su expresión cambió de miedo a extrañeza. La luz de la luna escapó de sus ojos.
—Oh, Randolph que sorpresa —lo saludó la profesora con una sonrisa, Randolph se sonrojó—. ¿Qué haces aquí tan tarde? y además solo, por lo que veo.
—Me gusta venir al bosque, aunque frecuentemente lo hago cuando el sol aún brilla en el cielo. Es un lugar especial para mi.
—Eso me parece incorrecto Randolph, un jovencito como tú corre bastante peligro en este lugar, no importando la hora ¿acaso no te da miedo encontrarte con algún animal salvaje, o algo peor como en las películas?
—Los monstruos viven día con día en mi cabeza profesora, y acechan en lo profundo de mis sueños, se que parece curioso pero, encuentro más paz y tranquilidad en este lugar, que en la plaza del pueblo o en algún lugar concurrido —Randolph sintió como desde su pecho emergía un sentimiento, soledad.
—¿A qué te refieres? —inquirió la profesora Frigg, Randolph la miró confundido—. Me refiero a lo de tus monstruos, puedes contarme si te place, ya que estás aquí.
—Es complicado —respondió Randolph nunca nadie le había preguntado sobre los seres que habitaban en su mente, a decir verdad, jamás le había contado a nadie acerca de los remotos—, no son monstruos, son seres —concluyó.
—Cuéntame de ellos —insistió la profesora.
—Esta bien —respondió Randolph, y empezó a relatarle a su profesora parte de lo que en su mente habitaba—. Son los Remotos —empezó—. Un pueblo que habita fuera de los confines de la grieta de la realidad, algunos tienes rasgos humanos, y otros son bestias sin más, y hay unos cuantos que comparten herencia humana y bestial, quizá no tengan similitudes entre cada raza, pero al ser los seres que más se presentan en mis sueños los he agrupado con ese nombre. Todos y cada uno de ellos poseen una habilidad distinta, algunos reinan en lo profundo del mar, otros habitan entre las tinieblas de las cuevas o los abismos —dirigió una mirada hacia el abismo del gran pez—, otros habitan en las desoladas planicies de los desiertos, pero los más peligrosos son los que habitan fuera de este mundo, y más allá, en los lejanos confines del universo, aquellos que no puedo ver, pero puedo sentir y tocar. Esos son mis monstruos, mis bestias, mis remotos.
—¿Y eso te asusta tanto? ¿Es eso lo que te trae a estas horas al bosque? —inquirió la profesora con cara de preocupación, o pena. Randolph no lo supo interpretar.
—Pues solo en ocasiones, lo que realmente me asusta, es el pensar, y darme cuenta de que quizás las verdades que por tanto tiempo nos han moldeado a un tipo de comportamiento obligado, sean en realidad mentiras o ignorancia. Mi madre es cristiana, de las más devotas, y sus creencias están muy marcadas en su comportamiento, pero yo hasta este momento, no he sentido la divinidad que ella tanto profesa. Quizás sea mi corta edad, o la falta de interés hacia la fe que profeso, pero debo admitir que me impresiona más un avance en la tecnología que un milagro que bien se puede justificar con ciencia.
—Tus pensamientos son profundos, y no creo que debas temer por eso —la profesora Frigg lo miró y le sonrió, Randolph volvió a sonrojarse y bajo la mirada—, sabes, a lo largo de los años ha habido personajes que han revolucionado la forma de ver el mundo, y que su forma de pensar repercutieron en generaciones posteriores, es así como se forma un ser humano, basándose en sus creencias y sus convicciones, quizá tu destino sea ser un gran hombre, amado por la humanidad y recordado en la posterioridad.
—Amor —Randolph gesticuló una risa trémula—. Conoce a mi madre, el único amor que he tenido, la única persona que posiblemente hace mucho tiempo me amó, es ahora una desconocida para mi. A pesar de eso yo no lo siento, ni recuerdo como era sentirse amado o querido, y creo que no podría amarla aunque quisiera, supongo que nadie puede comprender y conocer tanto a alguien, y en esa falta de conocimiento no puede habitar el amor. Supongo que es imposible amar a alguien de verdad, incluso a nosotros mismos que en secreto nos ocultamos cosas, o que de vez en cuando florecen en nosotros emociones que jamás habían estado ahí, cómo amar a alguien con secretos. Es imposible.
—Vaya que tus pensamientos son revolucionarios Randolph. ¿Y qué piensas hacer con todo eso que pasa y que habita por tu mente?
—Esa es la cuestión, profesora, no lo sé. Día con día, mi mente es víctima de pensamientos y sueños inexplicables, terroríficos y confusos incluso para mi, pero no tengo como sacarlos de mi.
—Yo tengo una idea —dijo la profesora con una sonrisa en la cara. Randolph quedó atónito al oír aquello, y vio como su profesora metía sus manos entre los pliegues de su falda, y sacó una pequeña libreta, Randolph frunció el seño—, quiero que escribas aquí todo lo que pienses o sueñes —continuo la profesora—, podrías crear historias, y luchar contra tus remotos siempre basándote en tus propias ideas y tus creencias y si quieres yo te podría ayudar. ¿Qué te parece?
—¡Escribir! —Randolph meditó, nunca había escrito sobre sus seres, y nunca lo había pensado—, ¿Y si no le gusta lo que escribo? ¿y si no logro describir lo que veo o sueño o lo que en mis noches de insomnio pienso para espantar la oscuridad?
—No te preocupes por eso, todos tenemos ocultos en nuestras mentes un don especial, quizá el tuyo sea transmitir lo que ves, quizá sea este tu destino.
—Pero usted es una profesora, más sabia y experimentada que yo. ¿Cómo podría comparar mis vagos pensamientos y mis lúcidos sueños con todo lo que usted conoce.
—Pues alguien dijo una vez que “la única manera de comprender a una persona realmente, es ver a través de su mirada, sentir sin miedos, disfrutar de su alegría, y llorar con su dolor” permíteme entonces ser la persona que te conozca.
—Entonces ¿no piensa que estoy loco? —preguntó Randolph, su corazón empezaba a latir le a un ritmo elevado, sintió que sus manos temblaban.
—Para nada, es más, considero que eres un jovencito muy interesante. Y me emociona poder conocer los detalles de tu mundo interior.
—Gracias —fue lo único que consiguió decir Randolph, sentía emoción, y miedo, quizá una combinación de ambas emociones.
—Pero ahora ya es tarde, así que vete a casa —la maestra le sonrío—, y espero que mañana me sorprendas.
Randolph asintió con la cabeza, sonrió y se encaminó devuelta a la profundidad del bosque rumbo al sendero que lo conducía a su casa. Antes de desaparecer por completo, giro la cabeza y vio a su maestra con la vista fija en el gran abismo, sus ojos reflejaban un sentimiento conocido para Randolph. Dolor.
(El relato pertenece a M M Luis, lo podéis encontrar en twitter aquí: @Fer_escritor_gt )

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